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9/9/08

La Rebelión es Global

Va una entrada rápida, en 1999 diversas organizaciones anticapitalistas se organizaron de una forma por completo novedosa y horizontal, usando "arquitectura" de redes de Internet, descarrilando la reunión de la OMC en el día conocido como N-30.

Para 2001, estos contingentes altermundistas ya se han manifestado en varios lugares y toca el turno de la reunión del G-8 en Génova, era julio y faltaban pocos meses para el autoatentado o autogolpe de estado del 11 de septiembre.

En esas trágicas jornadas perdió la vida Carlo Giuliani, pero también el terror de la era post 11-S, comenzó a germinar.

La sangrienta batalla de Génova
Nick Davies

Cuando 200.000 manifestantes antiglobalización convergieron en la ciudad italiana que acogía la cumbre del G8 en 2001, todos salvo un puñado llegaron para movilizarse pacíficamente. Muchos de ellos fueron golpeados salvajemente por unos antidisturbios aparentemente descontrolados. Pero, ¿había algo más siniestro en acción? ¿Y llegarán las víctimas a ver algo que pueda llamarse con propiedad justicia? Nick Davies lo ha investigado.

Era justo antes de medianoche cuando el primer agente de policía golpeó a Mark Covell, atizándole un porrazo en el hombro izquierdo. Covell hizo todo lo que pudo por gritar en italiano que era periodista, pero se vio rodeado en unos segundos de agentes antidisturbios que le propinaban bastonazos. Consiguió mantenerse en pie unos momentos hasta que un golpe en la rodilla dio de bruces con él en el suelo.

Echado sobre el rostro en la obscuridad, contuso y aterrado, era consciente de toda la policía que le rodeaba, congregada para asaltar el recinto de la escuela Diaz Pertini en el que 93 jóvenes manifestantes pasaban la noche durmiendo en el suelo. Covell confiaba en que el contingente se abriría paso rompiendo la cadena de la puerta principal, sin prestarle mayor atención.

De ese modo, podría levantarse y atravesar cojeando la calle hasta llegar a la seguridad del centro Indymedia, en el que había pasado los últimos tres días redactando noticias sobre la cumbre del G-8 y su violenta vigilancia policial.

Fue en ese momento cuando un policía llegó hasta él y le arreó una patada en el pecho con tal fuerza que le hundió entero el costado izquierdo del tórax, rompiéndole media docena de costillas cuyo extremo astillado quedó alojado en la membrana del pulmón izquierdo. A Covell, que mide 1,60 m. y pesa menos de 50 kilos, lo levantaron del suelo lanzándolo a la calle. Escuchó cómo un policía se reía. En su cabeza se abrió paso una idea: “No lo voy a conseguir”.

La unidad de antidisturbios aún se debatía con la puerta, de modo que un grupo de agentes pasó el rato haciendo el paseíllo mientras usaban a Covell de balón de futbol. Esta ristra de patadas le rompió la mano izquierda, causándole además daños en la columna.

Detrás de él, en algún lado, Covell oyó gritar a un policía que ya era suficiente - \"¡Basta! ¡Basta!\"–, y notó que su cuerpo era arrastrado de nuevo al suelo.

Entonces un furgón policial blindado atravesó las puertas de la escuela y 150 agentes de policía, la mayoría de los cuales llevaba cascos de protección y portaba porras y escudos, entró en tropel en el edificio desguarnecido. Dos agentes se detuvieron a ocuparse de Covell: uno le golpeó en la cabeza con su bastón; el otro le dio de patadas varias veces en la boca, saltándole una docena de dientes. Covell se desmayó.

Hay varias razones de peso por las que no deberíamos olvidar lo que esa noche le sucedió en Génova a Covell, que tenía entonces 33 años. La primera es que lo suyo no fue más que el principio. Para la medianoche del 21 de julio de 2001, esos agentes de policía pululaban por los cuatro pisos del edificio Diaz Pertini, dispensando esa modalidad tan especial de disciplina a sus ocupantes y convirtiendo los improvisados dormitorios en lo que un agente describió posteriormente como “una auténtica carnicería”. Ellos y sus compañeros recluyeron a continuación ilegalmente a sus víctimas en un centro de detención que se convirtió en un lugar de tenebroso terror.

La segunda razón es que, siete años después, Covell y las demás víctimas todavía esperan justicia. El lunes 15 de julio de 2008 los policías, guardias y médicos penitenciarios fueron finalmente condenados por su participación en esos actos de violencia, aunque, según pudo saberse ayer mismo, ninguno de ellos llegará a pisar la cárcel. En Italia, los acusados no ingresan en prisión hasta que agotan el proceso de apelación; y en este caso, las condenas y sentencias quedarán anuladas al prescribir legalmente el próximo año.

Mientras tanto, los políticos responsables de la policía, los funcionarios de prisiones y médicos penitenciarios no han tenido en ningún momento que dar explicaciones. Las preguntas fundamentales en torno a las razones por las que aconteció siguen sin respuesta, y apuntan a una tercera razón, la más importante a la hora de recordar Génova. No se trata tan solo de una historia de policías desmandados sino de algo más desagradable e inquietante bajo la superficie.

El hecho de que esta historia pueda llegar a relatarse constituye el legado de siete años de dura labor, dirigida por un fiscal público tenaz y animoso, Emilio Zucca. Ayudado por Cowell, así como por su propio equipo, Zucca ha reunido cientos de declaraciones de testigos, analizando 5.000 horas de vídeo, además de miles de fotografías. Juntas las piezas, cuentan una historia irrefutable, que comenzó a desarrollarse mientras Cowell yacía sangrando en el suelo.

La policía irrumpió en la escuela Diaz Pertini. Había quien gritaba: \"¡Black Bloc! ¡Os vamos a matar!\", pero si creían de veras que se enfrentaban al célebre Black Bloc de anarquistas que había causado violentos destrozos en diversas partes de la ciudad durante las manifestaciones de aquel día, andaban equivocados. La escuela la había proporcionado el ayuntamiento de Génova como base para aquellos manifestantes que nada tenían que ver con los anarquistas: hasta habían apostado vigilantes para asegurarse de que no entraran.

Uno de los primeros en advertir que estaba dentro la unidad de antidisturbios fue Michael Gieser, un economista belga de 35 años, quien declaró más tarde que acababa de ponerse el pijama y hacía cola ante el cuarto de baño con el cepillo de dientes en la mano cuando comenzó el asalto. Creyendo en la fuerza del diálogo, Gieser se dirigió en principio hacia ellos diciendo: \"Tenemos que hablar\". Al ver las chaquetas acolchadas, las porras, los cascos y los pañuelos que ocultaban el rostro de los policías, cambió de opinión y corrió escaleras arriba tratando de escapar.

Otros no fueron tan rápidos: estaban ya metidos en sus sacos de dormir. A un grupo de 10 amigos españoles situados en medio de la sala los despertaron de golpe y porrazo. Levantaron las manos en gesto de rendición, consiguiendo que se acercaran más policías a golpearles en la cabeza, dejándoles cortes, moratones y extremidades rotas, como fue el caso del brazo de una mujer de 65 años. En un extremo de la estancia, varios jóvenes escribían correos sentados ante los ordenadores. Entre ellos se encontraba Melanie Jonasch, estudiante de arqueología en Berlín, de 28 años, que se ocupaba como voluntaria de echar una mano en el edificio y ni siquiera había asistido a las manifestaciones.

Todavía es incapaz de recordar lo que sucedió. Pero muchos otros testigos han descrito el modo en que los policías se abalanzaron sobre ella, dándole de bastonazos en la cabeza con tal contundencia que perdió rápidamente el conocimiento. Al caer al suelo, los policías la rodearon en círculo, propinándole patadas y golpes a su cuerpo desmadejado, lanzando su cabeza contra un armario hasta dejarla finalmente en medio de un charco de sangre. Katherina Ottoway, que vio cómo esto ocurría, recuerda: \"Toda ella temblaba. Tenía los ojos abiertos pero fuera de las órbitas. Pensé que se moría, que no podría sobreponerse a aquello\".

Ninguno de los que estaban en el suelo salió ileso. Tal como dejó posteriormente escrito Zucca en el informe de la fiscalía: \"En el espacio de pocos minutos, todos los que ocupaban la planta principal habían quedado reducidos a una completa indefensión, y el gemir de los heridos se mezclaba con el sonido de las llamadas a las ambulancias”. En su terror, algunas víctimas perdieron el control intestinal. A continuación, los agentes de la Ley se dirigieron escaleras arriba. En el pasillo del primer piso se encontraron con un pequeño grupo entre el que estaba Gieser, que todavía sujetaba su cepillo de dientes: \"Alguien sugirió que nos tirásemos al suelo para mostrar que no nos resistíamos. Es lo que yo hice. Llegó la policía y comenzó a golpearnos uno por uno. Yo me protegía la cabeza con las manos. \"Tengo que sobrevivir\", pensé. La gente gritaba, \"Por favor, parad\". Yo decía lo mismo...Me hizo pensar en una matanza de cerdos. Nos trataban como a animales, como a puercos\".

Los agentes rompían las puertas de las habitaciones que comunicaban con los pasillos. En una de ellas hallaron a Dan McQuillan y Norman Blair, que habían volado desde Stansted [uno de los aeropuertos londinenses] para mostrar su apoyo a lo que, tal como dijo McQuillan, sería “una sociedad libre e igualitaria en la que la gente viviese en armonía unos con otros”. Los dos ingleses y un amigo suyo de Nueva Zelanda, Sam Buchanan, habían oído la incursión de la policía en la planta baja y trataron de esconderse con sus sacos debajo de las mesas de un rincón de un cuarto a obscuras. Entró una docena de agentes, los descubrieron al entrar luz y, si bien McQuillan se puso en pie levantando las manos mientras exclamaba “Tranquilos, tranquilos”, le golpearon hasta someterlo, causándole numerosos cortes y contusiones y rompiéndole la muñeca. Norman Blair recuerda que \"se podía sentir su veneno y su odio”.

Gieser se encontraba fuera, en el pasillo: \"A mi alrededor todo estaba cubierto de sangre, por todas partes”. Un policía gritó: \'¡Basta!\' y esa palabra nos pareció un rayo de esperanza. Entendí que significaba que ya era suficiente, pero no se detuvieron. Prosiguieron a placer. Al final, terminaron por parar, pero fue como quitarle un juguete a un chiquillo contra su voluntad”.

Para entonces ya había agentes de policía en las cuatro plantas del edificio dando patadas y golpes. Varias víctimas describen una especie de método dentro de la violencia empleada por el que cada agente apaleaba a cualquier persona con la que se encontrara, antes de pasar a la siguiente víctima dejando que su compañero siguiera con la paliza de la anterior. Parecía tener su importancia no dejar a nadie sin lastimar. Nicola Doherty, de 26 años, trabajadora asistencial de Londres, de 26 años, describió posteriormente cómo su pareja, Richard Moth, se echo sobre ella en un intento de protegerla. “Podía oír uno tras otro los golpes que le asestaban. Los policías también se inclinaban sobre Rich a fin de alcanzar aquellas partes de mi cuerpo que quedaban al descubierto”. Intentó cubrirse la cabeza con el brazo y le rompieron la muñeca.

En un pasillo ordenaron a un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, que se arrodillaran para así poder golpearles en la cabeza y los hombros. Fue ahí donde apalearon en la cabeza a Daniel Albrecht, un estudiante de chelo de Berlín, de 21 años, con tanta violencia que precisó cirugía en la cabeza para detener la hemorragia cerebral. Por todo el edificio los agentes blandían sus bastones, agarrándolos por el otro extremo y sirviéndose del mango de forma rectangular como un martillo.

Con todo, hubo momentos en medio de toda esta implacable violencia en los que la policía prefirió la humillación: el agente con las piernas abiertas delante de una mujer herida y arrodillada que se agarraba la ingle impulsándola hacia el rostro de ella antes de pasar a hacer lo mismo con Daniel Albrecht, de rodillas delante de él; el policía que hizo una pausa en el apaleamiento para sacar un cuchillo y cortar el pelo de las víctimas, y entre ellas el de Nicola Doherty; los insultos constantes a voz en grito; el agente que preguntó a un grupo si se encontraba bien y que reaccionó propinando una paliza extra al que dijo que no.

Unos cuantos lograron escapar, al menos durante un rato. Karl Boro se abrió paso hasta el tejado, pero cometió luego el error de volver al edificio, donde acabó con contundentes hematomas en brazos y piernas, el cráneo fracturado y una hemorragia en la cavidad pectoral. Jaraslaw Engel, de Polonia, logró utilizar unos andamios de albañiles para salir de la escuela, pero unos conductores de la policía lo alcanzaron en la calle, golpeándole violentamente en la cabeza, dejándole tirado en el suelo mientras se quedaban fumando y su sangre corría por el asfalto.

Dos estudiantes alemanes estuvieron entre los últimos en ser atrapados: Lena Zuhlke, de 24 años, y su pareja, Niels Martensen. Se habían escondido en un armario de la limpieza en el piso superior. Oyeron acercarse a la policía, que golpeaba con los bastones las paredes de las escaleras. La puerta del armario se abrió, Martensen fue sacado a rastras y apaleado por una docena de policías que formaban un semicírculo a su alrededor. Zuhlke salió corriendo por el pasillo y se escondió en los aseos. Los agentes la vieron, la siguieron y la sacaron agarrándola por las trenzas de rasta.

En el pasillo se lanzaron sobre ellos como perros sobre una liebre. A ella le golpearon por toda la cabeza, mientras recibía en el suelo patadas de todos lados y notaba cómo se le hundía la caja torácica. La arrastraron contra la pared, donde un agente le propinó un rodillazo en la ingle mientras otros seguían fustigándola con sus porras. Resbaló por la pared y siguieron golpeándola en el suelo: \"Daba la impresión de que disfrutaban; cuando aullé de dolor, eso pareció darles aún más placer”. Los agentes encontraron un extintor y derramaron la espuma sobre las heridas de Martensen. Su pareja fue arrastrada del pelo y lanzada de cabeza por las escaleras. Finalmente, arrastraron a Zuhlke hasta la sala de la planta baja, en la que habían reunido a docenas de detenidos de todo el edificio en medio de un revoltijo de sangre y excrementos, y la echaron encima de otras dos personas. Viendo que no se movían, Zuhlke preguntó como sonámbula si estaban vivas. No contestaron, y ella se quedó allí tendida sobre la espalda, incapaz de mover el brazo izquierdo y hacer que dejaran de crisparse en contracciones el brazo derecho y las piernas, mientras le rezumaba sangre de las heridas de la cabeza. Pasó un grupo de agentes, se levantaron el pañuelo que ocultaba su identidad, se agacharon y le escupieron en la cara.

¿Por qué se comportarían los guardianes de la Ley con ese desprecio por la misma? Tal vez la respuesta más sencilla es la que comenzó enseguida a corearse fuera de la escuela por parte de manifestantes solidarios, sabedores de que la policía la entendería: \"Bastardi! Bastardi!\" Pero estaba sucediendo otra cosa, algo que quedaría más claro en los días siguientes.

Covell y docenas de víctimas del ataque fueron trasladados al hospital San Martino, en el que los policías se paseaban arriba y abajo por los pasillos, mientras se daban con las porras en las palmas de las manos, ordenaban a los heridos que no se movieran ni mirasen por las ventanas, les dejaban las esposas puestas a muchos de ellos, a menudo con heridas que necesitaban atención, y les llevaban por toda la ciudad para reunirlos con otras docenas, procedentes de la escuela Diaz y de las manifestaciones callejeras, retenidos en el centro de detención del distrito urbano de Bolzaneto.

Las señales de algo más desagradable aparecieron primero de modo superficial. Algunos agentes tenían cantos fascistas como tono del teléfono móvil y hablaban de modo entusiasta de Chile y Pinochet. Ordenaron repetidamente a los cautivos que exclamaran “Viva il Duce”. Otras veces amenazaron con obligarles a cantar estribillos fascistas: \"Un, due, tre. Viva Pinochet!\"

Las 222 personas detenidas en Bolzaneto se vieron sometidas a un régimen descrito por los fiscales como tortura. A su llegada se les marcaron cruces con rotulador en ambas mejillas y a muchos se les obligó a pasar entre dos filas paralelas de policías, que les propinaban golpes y patadas. La mayoría fue concentrada en celdas grandes en las que se apiñaban hasta 30 personas. Ahí se les obligó a permanecer en pie con los brazos en alto y las piernas abiertas. Los que no conseguían mantenerse en esa postura recibían gritos, bofetadas y golpes. Mohammed Tabach fue incapaz de sostenerse en esa posición tan tensa a causa de su pierna artificial, se derrumbó y fue recompensado con dos rociadas de un pulverizador de pimienta en la cara y luego una paliza especialmente salvaje. Norman Blair recordó posteriormente que un guardia le preguntó, estando en esa postura: “¿Quién es tu gobierno?”. La persona que estaba delante de mí había contestado “Polizei”, de modo que yo dije lo mismo. Tenía miedo de que me pegaran”.

Stefan Bauer se atrevió a responder: cuando un guardia que hablaba alemán le preguntó de dónde procedía, contestó que era de la Unión Europea y tenía derecho a ir donde quisiera. Le zarandearon, le golpearon rociándole en plena cara con el pulverizador de pimienta, le dejaron desnudo sometiéndole a una ducha fría y le devolvieron a la celda helada vestido sólo con un delgado camisón de hospital.

Tiritando sobre el frío suelo de mármol de las celdas, los detenidos apenas recibieron mantas, pocas o ninguna. Los guardias los mantenían despiertos sin proporcionarles comida o apenas nada, y negándoles el derecho reconocido a hacer una llamada o ver a un abogado. Podían oír los lloros y gritos que salían de otras celdas.

A los hombres y mujeres que llevaban trenzas rasta les cortaron el pelo al cero. A Marco Bistacchia se lo llevaron a una oficina donde le desnudaron, le hicieron ponerse a cuatro patas, ladrar como un perro y gritar \"Viva la polizia italiana!\". Sollozaba tanto que era incapaz de obedecer. Un agente no identificado contó al diario italiano La Repubblica que había visto a compañeros suyos orinarse sobre los prisioneros y golpearlos por negarse a cantar Faccetta Nera, una canción fascista de la época de Mussolini.

Ester Percivati, una joven turca, recuerda a los guardias llamándole “puta” cuando se dirigía al baño, donde una agente femenina le metió la cabeza en la taza del váter, mientras un hombre exclamaba: “¡Bonito culo! ¿Te gustaría que le metiera la porra?”. Varias mujeres declararon que habían sido amenazadas con ser violadas anal y vaginalmente.

Hasta la enfermería tenía sus peligros. A Richard Moth, cubierto de cortes y morados tras intentar proteger a su pareja, le dieron puntos en la cabeza sin anestésico, “una experiencia sumamente dolorosa y perturbadora. Tuvieron que sujetarme”. El personal médico del centro de detención también se encontraba entre los condenados por abusos el lunes pasado.

Todos coinciden en que no se trataba de un intento de hacer hablar a los detenidos sino tan solo de un ejercicio para provocar terror, algo que funcionó. En declaraciones posteriores, los detenidos describieron su sensación de impotencia, de aislamiento del resto del mundo en un lugar en el que no había ni ley ni reglas. Ciertamente, la policía obligó a los detenidos a firmar declaraciones en las que renunciaban a sus derechos legales. Un hombre llamado David Larroquelle manifestó que se había negado y le rompieron tres costillas. Percivati también se negó y le estamparon la cara contra la pared de la oficina, rompiéndole las gafas y haciéndole sangrar por la nariz.

Al mundo exterior le llegaron varios relatos gravemente deformados de todo esto. Postrado en una cama del hospital de San Martino al día siguiente de su apaleamiento, Covell se encontró con que una mujer le sacudía el hombro, alguien que, por lo que entendió, venía de la embajada británica. Sólo cuando el hombre que le acompañaba comenzó a tomar fotografías se dio cuenta de que de que se trataba de una reportera del Daily Mail. La portada del día siguiente reproducía una información completamente falsa en la que se le describía como si hubiera ayudado a planear los disturbios (cuatro años después, el Mail acabó disculpándose e indemnizó a Covell por violación de la intimidad).

Mientras golpeaban y maltrataban a conciudadanos suyos detenidos ilegalmente, los portavoces del entonces primer ministro británico, Tony Blair, declaraban que “la policía tenía una labor difícil de cumplir y es opinión del primer ministro que ha cumplido con ese trabajo\".

La misma policía italiana alimentó a los medios con una abundante sarta de falsedades. Todavía estaban sacando en camilla cuerpos cubiertos de sangre del recinto de la Diaz Pertini y ya la policía informaba a los periodistas de que las ambulancias que hacían cola en la calle nada tenían que ver con el asalto y/o que las heridas evidentemente recientes eran antiguas, así como que el edificio había estado lleno de violentos extremistas que habían atacado a los policías.

Al día siguiente, agentes de rango superior celebraron una rueda de prensa en la que anunciaron que todos los presentes en el edificio serían acusados de resistencia violenta a la autoridad y desórdenes públicos. Los tribunales italianos terminarían por desestimar los intentos de acusar a todos y cada uno de ellos, sin olvidar a Covell. Los intentos de la policía de acusarle de una serie de gravísimos delitos los tildó el fiscal, Enrico Zucca, de “grotescos”.

En esa misma rueda de prensa, la policía desplegó un surtido de lo que calificó como armamento, en el que figuraban palancas, martillos y clavos de un almacén de construcción junto a la escuela; tubos de aluminio de armazones de mochilas, que presentaron como armas ofensivas; 17 cámaras; 13 pares de gafas de bucear; 10 cortaplumas y un bote de bronceador solar. También exhibieron dos cócteles Molotov que, según concluyó Zucca posteriormente, la policía había encontrado con antelación ese mismo día y que depositó en el edificio Diaz Pertini al finalizar su incursión.

Esta falta de honradez pública formaba parte de un empeño mayor por echar tierra sobre lo sucedido. La misma noche del asalto, un contingente de 59 policías entró en el edificio situado enfrente de la Diaz Pertini, en el que Covell y otras personas habían estado ocupándose del centro de medios independientes (Indymedia) y, lo que es crucial, que había funcionado como base de un grupo de abogados que había recogido pruebas sobre los ataques de la policía en anteriores manifestaciones. Los agentes entraron en la sala de los abogados, amenazaron a sus ocupantes, hicieron trizas los ordenadores y se quedaron con los discos duros. Se llevaron también todo lo que contuviera fotografías o grabaciones en video.

Negándose los tribunales a procesar a los detenidos, la policía se hizo con una orden para deportarlos del país que les prohibía regresar en cinco años.

De este modo, se eliminaba de la escena a los testigos. Como los intentos de procesamiento, todas las órdenes de deportación fueron posteriormente anuladas por parte de los tribunales por su carácter ilegal.

Zucca ha tenido que abrirse paso tras años de negativas y cerrazón. En su informe oficial recogió que todos los agentes superiores implicados negaron haber tenido parte: “Ni un solo agente ha confesado haber desempeñado funciones de mando en ninguno de los aspectos de la operación”. Un agente superior que aparece en un video grabado en la escena explicó que estaba fuera de servicio y se había acercado para comprobar tan solo que sus hombres no habían resultado heridos. Las declaraciones de la policía cambiaban y se contradecían, además de verse desmentidas por las pruebas de las víctimas y de numerosos videos: “ni uno solo de los 150 agentes que, según se dice, estuvieron presentes ha dado información precisa sobre ningún episodio en concreto”.

Sin Zucca, sin la sólida postura de los tribunales italianos, sin el intenso trabajo de Covell reuniendo grabaciones en video del ataque a la Diaz, la policía bien pudiera haber escapado a sus responsabilidades y haber afianzado acusaciones falsas contra cientos de sus víctimas. Aparte del juicio de Bolzaneto, que concluyó el lunes pasado, otros 28 agentes, algunos de muy alta graduación, están procesados por su participación en el asalto de la Diaz. Y sin embargo, la justicia ha quedado en entredicho.

Ningún político italiano ha sido llamado al orden, pese a los intensos indicios de que la policía actuó como si se le hubiera prometido impunidad. Un ministro visitó Bolzaneto mientras eran maltratados los detenidos y aparentemente no vio nada o, al menos, no vio nada que le hiciera pensar que debía pararlo. Otro ministro, Gianfranco Fini, antiguo secretario nacional del partido neofascista MSI y entonces vicepresidente del Gobierno, se encontraba –de acuerdo con las informaciones de los medios de la época-, en el cuartel general de la policía. Nunca se le ha exigido que explicase cuáles fueron las órdenes que impartió.

La mayoría de los varios cientos de servidores de la ley implicados en los incidentes de la Diaz y Bolzaneto ha salido bien librada sin medidas disciplinarias ni acusaciones legales. No se ha suspendido a nadie; algunos incluso han sido ascendidos. Ninguno de los policías sometidos a juicio en el caso de Bolzaneto fue acusado de torturas: el derecho italiano ni siquiera reconoce ese delito. Algunos funcionarios de mayor rango que iban a ser acusados en principio por la incursión de la Diaz evitaron ser procesados gracias a que Zucca sencillamente no pudo demostrar que existiera una cadena de mando. Todavía hoy está en el aire el juicio de 28 policías, debido a que el actual primer ministro, Silvio Berlusconi, intenta promover una legislación que retrase todos los juicios concernientes a sucesos ocurridos con anterioridad a junio de 2002. Nadie ha sido acusado de la violencia ejercida contra Covell. Y tal como manifestó uno de los abogados de las víctimas, Massimo Pastore: \"Nadie quiere oír lo que esta historia deja entrever”.

De fascismo es de lo que se trata: hay abundantes rumores de que la policía, los carabinieri y los funcionarios de prisiones pertenecían a grupos fascistas, pero carecemos de pruebas que apoyen esta afirmación. Pastore sostiene que con ello se pierde de vista algo más importante: \"No es cuestión de unos cuantos fascistas borrachos. Lo que hay es una forma de actuar masiva entre la policía. Esta es la cultura del fascismo, que nadie dijera que no. Entraña en su centro lo que Zucca describió en su informe como \"una situación en la que parece haberse suspendido toda norma legal\".

52 días después del asalto de la escuela Diaz, 19 hombres se sirvieron de aviones repletos de pasajeros a modo de bombas volantes y desplazaron la base de los supuestos en los que las democracias occidentales habían cimentado su modo de actuar.

Desde entonces, políticos que jamás se describirían a si mismos como fascistas han permitido las escuchas telefónicas y el control del correo electrónico a gran escala, la detención sin juicio, la tortura sistemática, el ahogamiento calculado de los detenidos, el arresto domiciliario sin límites y el asesinato selectivo de sospechosos, mientras el proceso de extradición se ha visto reemplazado por la “entrega extraordinaria”. No es el fascismo de los dictadores de bota alta que echan espuma por la boca, es el pragmatismo de políticos elegantemente vestidos. Pero el resultado parece muy semejante. Génova nos dice que cuando el Estado se siente amenazado, el imperio de la Ley puede quedar en suspenso. En cualquier parte.

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